He mirado con cierto asombro la discusión (ya zanjada al parecer) acerca de la nueva marca para Valparaíso.
Creo firmemente que en algunos casos ya está demás conversar sobre algo ya cortado, pero en este en particular, y dadas las lógicas preponderantes en la ciudad, considero que no está demás echarle un poco de leña al fuego.
Argumento....
Primero que todo, y, al parecer, por la razón principal por lo que la iniciativa no prospero está esa creencia generalizada (y en el caso del municipio porteño con gran fuerza) que la opinión del habitante es un dato de la causa. No me atrevo a aventurar afirmar acerca de cual es el juicio que sustenta dicho actuar, pero sin duda no se han creado ni existe la voluntad de crear espacios reales de conversación y discusión que permitan, a lo menos, prevenir situaciones bochornosas como estas, en la cual se corta un tema entre cuatro (o seis o ocho... da lo mismo) paredes sin consultar ni chequear a lo menos con los habitantes de la ciudad.
Resultado.... 8 millones botados y la confirmación que las cosas que pasan no, necesariamente, reflejan la voz de los habitantes.
Si lo llevamos a un punto de vista más ontológico, y consideramos que una "marca" de ciudad de cierta forma va a generar, fortalecer, apoyar, o crear una identidad pública, la cosa es peor aún. Esto por varias razones. Primero, para poder sostener la promesa de fondo que implica una identidad pública (cualquiera que sea) debe existir una coherencia que la sostenga... y en este caso no hay un discurso colectivo que la avale, no está el estado de ánimo acorde en el trasfondo, ni una corporalidad urbana que sea capaz de contener esta "promesa".
Así, nos podemos preguntar ¿cual es el estado anímico que pretende instalar la marca del sombrero?, ¿cual es el discurso que gatilla?, ¿el habitante porteño se siente cómodo con ese nuevo discurso?, ¿lo siente propio?... creo que fueron preguntas que no existieron y que nuevamente primó la versión romanticona que se tiene sobre Valparaíso.
He conversado muchas veces con distintas personas (porteñas, extranjeros y turistas locales) acerca de que Valparaíso debiera cambiar su discurso, cambiar la viejita en la ventana del cerro con los pañales colgando o subiendo con las bolsas por escaleras interminables, por un discurso que nos empodere como habitantes. La nostalgia de algo que fuimos ya no nos sirve para los nuevos desafíos... hay que cambiarle la música al puerto... Y en ese sentido me parece necesario el cambio de imagen (por que la verdad el logo anterior del período de Bartoluci me parece bueno, pero no se por que le encuentro un tufillo facistón), pero evidentemente un cambio de imagen que le haga sentido al habitante, que le de poder y lo ayude a pararse en el lugar que quiere para generar la nueva historia de Valpo. Este logo, no lo hace.
A mi juicio no es culpa de la agencia (o por lo menos no en un 100%), sino de quienes deciden que la cosa va... y que va de la manera en que va. Es decir, sin preguntar, sin mostrar, queriendo salir con el pastel listo, sin saber si la ciudadanía esperaba eso u otra cosa... En este caso... evidentemente esperaba otra cosa.















